Desde tiempos muy pasados, cuando existían sobre la Tierra nuestros antepasados prehistóricos y no existían conocimientos de ciencia, y aún hoy en el cual estos conocimientos son avanzados, ha nacido en nuestros corazones una preocupación constante, un temor más allá de lo que nuestras mentes pueden comprender, una única certeza que rige el día a día de nuestro vivir, nos referimos a la certeza del fin de nuestra vida terrenal, nuestra perseguidora acérrima, la muerte.
Para poder hablar de la muerte debemos conocer en sí que encierra esta mágica palabra que es capaz de hacer temblar al más fuerte y poderoso, regocijar al que la ha buscado por mucho tiempo como un final a su sufrimiento y en otras oportunidades como el inicio de una nueva vida en un plano extracorpóreo con nuestros seres queridos que se nos han adelantado.
Para poder hablar de la muerte debemos conocer en sí que encierra esta mágica palabra que es capaz de hacer temblar al más fuerte y poderoso, regocijar al que la ha buscado por mucho tiempo como un final a su sufrimiento y en otras oportunidades como el inicio de una nueva vida en un plano extracorpóreo con nuestros seres queridos que se nos han adelantado.
La muerte según la Real Academia Española de
la Legua proviene del latín “mors-mortis” que significa cesación o término de
la vida, y como también afirma correspondería en el pensamiento tradicional a
la separación del cuerpo y alma.
Aunque su significado es tan breve, conlleva
al hombre, a realizarse innumerables preguntas que hasta el día de hoy no han
encontrado mayor explicación que en la fe, y no se refiere a la creencia en una
determinada religión, sino al propio creer de la existencia de un más allá, de
una trascendencia de nuestra alma a un lugar mejor.
En el inicio de los tiempos, con la aparición
del hombre en la Tierra, ya existía una conciencia de la existencia de la
muerte, quizá no propiamente tal como la conocemos ahora y menos aún con el
carácter religioso al cual está asociado, pero estos clanes preparaban a sus
muertos para el entierro y por la evidencia de excavaciones en cavernas y
pinturas rupestres, creían incluso en una vida posterior a ella.
No existe ser humano que no se halla
enfrentado a la “Parca” en algún momento
de su historia, quizá tan sólo como un temor, por la partida de un ser querido,
por la presencia de un accidente mortal, por el padecimiento de una enfermedad
de carácter incurable, en la agonía o incluso puede ser representada en las
apariciones más terroríficas en una oscura noche con niebla. Y sí, la muerte es
espantosa, más allá del hecho de ver morir el cuerpo es ver como se puede
truncar un proyecto, ponerle fin a una esperanza, cesar un sueño, porque si
bien todos tenemos la certeza de que nuestra vida cesará en algún momento, el
problema radica en el cuándo, porque nuestra eterna compañera camina con
nosotros a nuestro lado día a día, hora con hora, noche tras noche, suspiro
tras suspiro y nuestra hora final llega incluso en el instante en que menos lo
esperamos.
Pero por qué tenemos ese temor a la muerte.
Las palabras del Padre Pedro Herrasti,
en su texto El Cristiano ante la Muerte publicado en el Folleto EVC No. 633, nos
devela en parte la explicación: “Tenemos
el maravilloso instinto de conservación que nos hace defender y luchar por la
vida. Sabemos que la vida es un don formidable y la humanidad ama la vida,
propaga la vida, defiende la vida, prolonga la vida y odia la muerte. En muchos
casos luchamos por la vida aunque ésta sea un verdadero infierno.”
La vida misma tiene un sentido y es en el
transcurso de ésta que la descubrimos, con tropiezos muchas veces, pero en
algún punto de nuestra historia comprendemos que somos y para que estamos donde
estamos: “cada uno tiene en la vida su propia misión que cumplir; cada uno debe
llevar a cabo un cometido concreto. Por tanto ni puede ser reemplazado en esa
función, ni su vida puede repetirse; su tarea es única como única es su
oportunidad para instrumentarla” (Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido,
Página 153).
Producto de lo anterior el hombre siempre
busca en su quehacer, más que su autorrealización, la trascendencia en obras,
en participación, en crianza, porque quiere lograr su cometido en esta vida y
es por ello que teme a la muerte, pues no sabe si logrará llevar a cabo todo lo
que ha deparado para él. Nuestro ser no está completo hasta llegada la hora de
la muerte, porque cada instancia de nuestra vida nos permite ir creciendo y
alcanzando nuestras metas, y es aquí en este último momento en el cual podemos
evaluar si fuimos lo que realmente quisimos, o si fuimos lo que los otros
esperaban de nosotros y no vivimos completamente. La muerte es un paso
relevante y tan importante que Van Dyke afirma que “alguna gente está tan
asustada de morir que nunca comienza a vivir”.
Sin embargo, la gran mayoría de las personas
llevan esta trascendencia aún más lejos, porque al ver que la muerte es un
hecho irrenunciable en nuestra vida, buscamos ir más allá de este tiempo y
espacio creyendo en la existencia de un más allá, que físicamente no sabemos
dónde está (puede ser el cielo, el paraíso para los cristianos o simplemente
otro plano universal), pero en que tenemos la esperanza de seguir prolongando
nuestra existencia a través de nuestra alma que ha abandonado nuestro cuerpo
terrenal y lograr incluso reencontrarnos con aquellos seres amados que han
partido antes que nosotros, como decía San Agustín: “la muerte es la compañera
del amor, la que abre la puerta y nos permite llegar a aquel que amamos”.
No obstante, este temor no sólo afecta al ser
humano en sus etapas avanzadas porque la muerte está presente en cada instante
de nuestra vida y a lo largo de ella adquiere distintos significados. Cuando
niños nos abrumaba la idea de perder a nuestros padres generándonos gran
ansiedad, el sólo hecho de pensar que nuestros padres no estarían con nosotros
nos provocaba temor de ver si lograríamos subsistir en este mundo sin los
cuidados de ellos, el miedo de vernos solos, sin nadie a nuestro alrededor, y
sí, desde pequeños nuestro consuelo era creer en una vida después de la muerte,
a veces inspirada por la religión, otras tantas sólo por el amor hacia ellos y
no concebir su pérdida definitiva.
Ya más adelante el pensamiento de la muerte
se vuelve hacia nuestra propia vida,
sentimos temor de no concluir lo proyectado, de abandonar a las personas
que amamos, porque nuestro temor lo extendemos hacia los otros, el ¿Qué
ocurrirá si morimos?, ¿la otra persona podrá seguir con su vida normal?, ¿caerá
en depresión?, ¿podremos dejarle un buen pasar?, ¿lo podrán aceptar?, todas
estas preguntas y más surgen a medidas que vamos avanzando en edad y vemos que
la muerte ya no es individual, sino que afecta a nuestro entorno y por lo mismo
se han desarrollado a lo largo de la historia los rituales más hermosos que
conectan la vida con la muerte y el paso hacia una existencia mejor, sólo basta
recordar los preparativos fúnebres de culturas como la egipcia o incluso los
velorios actuales. Es más, la muerte está incorporada en nuestro diario vivir
que incluso existen cultos como en México en donde la Parca es venerada en su
máximo esplendor.
Y, cuando somos adultos mayores, la muerte se
modifica de tal forma que incluso al contemplar que se vivió lo mejor que se
pudo, la muerte deja de ser temida y comienza a ser aceptada, es más muchas
veces anhelada si se padece de enfermedades que conllevan un gran dolor y se
acrecienta con la pérdida de seres queridos (hijos, esposo, nietos).
Pero la muerte no sólo está presente en
nuestro ciclo vital y respondemos a ella de acuerdo a la etapa, sino que la
religión y la filosofía afectan a la actitud frente a la muerte, sobretodo en
la primera. Por ejemplo los cristianos creen que la muerte se debe a la
tentación en la cual cayeron Adán y Eva, cometiendo el pecado original, y la
muerte es en cierta forma el “castigo” que recibieron por desobedecer a Dios,
por lo tanto con la venida de Jesús, fuimos redimidos y en la hora del juicio
final llegaremos al paraíso del cual fuimos expulsados, creyendo en la
existencia de una vida eterna después de la muerte. A su vez, los budistas consideran
que la vida es energía que fluye, que no tiene principio ni fin, por tanto sólo
se produce un cambio con la muerte terrenal.
Es más, se creía antes que los niños, en
particular los no bautizados, no lograban el paso a una vida mejor y quedaban
en el limbo dando vueltas hasta que sus almas eran redimidas. Y debido a ello
surgieron ceremonias tan particulares para permitir el paso de este pequeño a
la vida del más allá.
De acuerdo a lo que nos describe el
Diccionario de la Muerte de César Parra, en España, México y Chile hasta
mediados del siglo XIX era costumbre celebrar la muerte de un niño, comiendo y
bailando, puesto que los niños no agregados a la sociedad iban al limbo, de
esta forma al hacerlos participes de una celebración al niño se le podía
brindar un paso más feliz hacia la otra vida, iban directo al cielo ya que no
habían tenido la ocasión de pecar.
Con estos breves antecedentes podemos
confirmar que aunque el tiempo pase por millones de años, “nadie puede escapar
de la muerte. La cesación de la vida es tan segura como la certeza de que la
noche sigue al día, el invierno viene después del otoño, y la vejez llega
cuando la juventud queda atrás. La gente toma precauciones para evadir el
sufrimiento y no verse en apuros durante el invierno o en la vejez; pero pocas
personas se preparan para la muerte, que adviene indefectiblemente” (Ensayo de
Daisaku Ikeda publicado en 1998, en la revista de Filipinas Mirror).
Por último, hablar de la muerte es hablar de
un tema casi sin final, una gran paradoja, sin embargo sólo podemos concluir
que ella juega un rol primordial en como nos desarrollamos, en la aparición de
nuestros temores, forma parte de nuestra vida desde que nacemos hasta que nos
acompaña en el término. Hablar de muerte es hablar de vida, nos permite
maravillarnos de las cosas que nos rodean, de apreciar nuestras mañanas y de
buscar nuestra realización, y por qué no, de ilusionarnos con una existencia eterna
más allá de las fronteras, como decía Platón “cuando la muerte se precipita
sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se
retira y se aleja sano y salvo”, y Mahatma Gandhi “Si la muerte no fuera el
preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel.”
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