viernes, 7 de septiembre de 2012

La máxima certeza de nuestra vida y el temor humano.


Desde tiempos muy pasados, cuando existían sobre la Tierra nuestros antepasados prehistóricos y no existían conocimientos de ciencia, y aún hoy en el cual estos conocimientos son avanzados, ha nacido en nuestros corazones una preocupación constante, un temor más allá de lo que nuestras mentes pueden comprender, una única certeza que rige el día a día de nuestro vivir, nos referimos a la certeza del fin de nuestra vida terrenal, nuestra perseguidora acérrima, la muerte.
Para poder hablar de la muerte debemos conocer en sí que encierra esta mágica palabra que es capaz de hacer temblar al más fuerte y poderoso, regocijar al que la ha buscado por mucho tiempo como un final a su sufrimiento y en otras oportunidades como el inicio de una nueva vida en un plano extracorpóreo con nuestros seres queridos que se nos han adelantado.
La muerte según la Real Academia Española de la Legua proviene del latín “mors-mortis” que significa cesación o término de la vida, y como también afirma correspondería en el pensamiento tradicional a la separación del cuerpo y alma.
Aunque su significado es tan breve, conlleva al hombre, a realizarse innumerables preguntas que hasta el día de hoy no han encontrado mayor explicación que en la fe, y no se refiere a la creencia en una determinada religión, sino al propio creer de la existencia de un más allá, de una trascendencia de nuestra alma a un lugar mejor.
En el inicio de los tiempos, con la aparición del hombre en la Tierra, ya existía una conciencia de la existencia de la muerte, quizá no propiamente tal como la conocemos ahora y menos aún con el carácter religioso al cual está asociado, pero estos clanes preparaban a sus muertos para el entierro y por la evidencia de excavaciones en cavernas y pinturas rupestres, creían incluso en una vida posterior a ella.
No existe ser humano que no se halla enfrentado  a la “Parca” en algún momento de su historia, quizá tan sólo como un temor, por la partida de un ser querido, por la presencia de un accidente mortal, por el padecimiento de una enfermedad de carácter incurable, en la agonía o incluso puede ser representada en las apariciones más terroríficas en una oscura noche con niebla. Y sí, la muerte es espantosa, más allá del hecho de ver morir el cuerpo es ver como se puede truncar un proyecto, ponerle fin a una esperanza, cesar un sueño, porque si bien todos tenemos la certeza de que nuestra vida cesará en algún momento, el problema radica en el cuándo, porque nuestra eterna compañera camina con nosotros a nuestro lado día a día, hora con hora, noche tras noche, suspiro tras suspiro y nuestra hora final llega incluso en el instante en que menos lo esperamos.
Pero por qué tenemos ese temor a la muerte. Las palabras del Padre Pedro Herrasti, en su texto El Cristiano ante la Muerte publicado en el Folleto EVC No. 633, nos devela en parte la explicación:Tenemos el maravilloso instinto de conservación que nos hace defender y luchar por la vida. Sabemos que la vida es un don formidable y la humanidad ama la vida, propaga la vida, defiende la vida, prolonga la vida y odia la muerte. En muchos casos luchamos por la vida aunque ésta sea un verdadero infierno.”
La vida misma tiene un sentido y es en el transcurso de ésta que la descubrimos, con tropiezos muchas veces, pero en algún punto de nuestra historia comprendemos que somos y para que estamos donde estamos: “cada uno tiene en la vida su propia misión que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto. Por tanto ni puede ser reemplazado en esa función, ni su vida puede repetirse; su tarea es única como única es su oportunidad para instrumentarla” (Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, Página 153).
Producto de lo anterior el hombre siempre busca en su quehacer, más que su autorrealización, la trascendencia en obras, en participación, en crianza, porque quiere lograr su cometido en esta vida y es por ello que teme a la muerte, pues no sabe si logrará llevar a cabo todo lo que ha deparado para él. Nuestro ser no está completo hasta llegada la hora de la muerte, porque cada instancia de nuestra vida nos permite ir creciendo y alcanzando nuestras metas, y es aquí en este último momento en el cual podemos evaluar si fuimos lo que realmente quisimos, o si fuimos lo que los otros esperaban de nosotros y no vivimos completamente. La muerte es un paso relevante y tan importante que Van Dyke afirma que “alguna gente está tan asustada de morir que nunca comienza a vivir”.
Sin embargo, la gran mayoría de las personas llevan esta trascendencia aún más lejos, porque al ver que la muerte es un hecho irrenunciable en nuestra vida, buscamos ir más allá de este tiempo y espacio creyendo en la existencia de un más allá, que físicamente no sabemos dónde está (puede ser el cielo, el paraíso para los cristianos o simplemente otro plano universal), pero en que tenemos la esperanza de seguir prolongando nuestra existencia a través de nuestra alma que ha abandonado nuestro cuerpo terrenal y lograr incluso reencontrarnos con aquellos seres amados que han partido antes que nosotros, como decía San Agustín: “la muerte es la compañera del amor, la que abre la puerta y nos permite llegar a aquel que amamos”.
No obstante, este temor no sólo afecta al ser humano en sus etapas avanzadas porque la muerte está presente en cada instante de nuestra vida y a lo largo de ella adquiere distintos significados. Cuando niños nos abrumaba la idea de perder a nuestros padres generándonos gran ansiedad, el sólo hecho de pensar que nuestros padres no estarían con nosotros nos provocaba temor de ver si lograríamos subsistir en este mundo sin los cuidados de ellos, el miedo de vernos solos, sin nadie a nuestro alrededor, y sí, desde pequeños nuestro consuelo era creer en una vida después de la muerte, a veces inspirada por la religión, otras tantas sólo por el amor hacia ellos y no concebir su pérdida definitiva.
Ya más adelante el pensamiento de la muerte se vuelve hacia nuestra propia vida,  sentimos temor de no concluir lo proyectado, de abandonar a las personas que amamos, porque nuestro temor lo extendemos hacia los otros, el ¿Qué ocurrirá si morimos?, ¿la otra persona podrá seguir con su vida normal?, ¿caerá en depresión?, ¿podremos dejarle un buen pasar?, ¿lo podrán aceptar?, todas estas preguntas y más surgen a medidas que vamos avanzando en edad y vemos que la muerte ya no es individual, sino que afecta a nuestro entorno y por lo mismo se han desarrollado a lo largo de la historia los rituales más hermosos que conectan la vida con la muerte y el paso hacia una existencia mejor, sólo basta recordar los preparativos fúnebres de culturas como la egipcia o incluso los velorios actuales. Es más, la muerte está incorporada en nuestro diario vivir que incluso existen cultos como en México en donde la Parca es venerada en su máximo esplendor.
Y, cuando somos adultos mayores, la muerte se modifica de tal forma que incluso al contemplar que se vivió lo mejor que se pudo, la muerte deja de ser temida y comienza a ser aceptada, es más muchas veces anhelada si se padece de enfermedades que conllevan un gran dolor y se acrecienta con la pérdida de seres queridos (hijos, esposo, nietos).
Pero la muerte no sólo está presente en nuestro ciclo vital y respondemos a ella de acuerdo a la etapa, sino que la religión y la filosofía afectan a la actitud frente a la muerte, sobretodo en la primera. Por ejemplo los cristianos creen que la muerte se debe a la tentación en la cual cayeron Adán y Eva, cometiendo el pecado original, y la muerte es en cierta forma el “castigo” que recibieron por desobedecer a Dios, por lo tanto con la venida de Jesús, fuimos redimidos y en la hora del juicio final llegaremos al paraíso del cual fuimos expulsados, creyendo en la existencia de una vida eterna después de la muerte. A su vez, los budistas consideran que la vida es energía que fluye, que no tiene principio ni fin, por tanto sólo se produce un cambio con la muerte terrenal.
Es más, se creía antes que los niños, en particular los no bautizados, no lograban el paso a una vida mejor y quedaban en el limbo dando vueltas hasta que sus almas eran redimidas. Y debido a ello surgieron ceremonias tan particulares para permitir el paso de este pequeño a la vida del más allá.
De acuerdo a lo que nos describe el Diccionario de la Muerte de César Parra, en España, México y Chile hasta mediados del siglo XIX era costumbre celebrar la muerte de un niño, comiendo y bailando, puesto que los niños no agregados a la sociedad iban al limbo, de esta forma al hacerlos participes de una celebración al niño se le podía brindar un paso más feliz hacia la otra vida, iban directo al cielo ya que no habían tenido la ocasión de pecar.
Con estos breves antecedentes podemos confirmar que aunque el tiempo pase por millones de años, “nadie puede escapar de la muerte. La cesación de la vida es tan segura como la certeza de que la noche sigue al día, el invierno viene después del otoño, y la vejez llega cuando la juventud queda atrás. La gente toma precauciones para evadir el sufrimiento y no verse en apuros durante el invierno o en la vejez; pero pocas personas se preparan para la muerte, que adviene indefectiblemente” (Ensayo de Daisaku Ikeda publicado en 1998, en la revista de Filipinas Mirror).
Por último, hablar de la muerte es hablar de un tema casi sin final, una gran paradoja, sin embargo sólo podemos concluir que ella juega un rol primordial en como nos desarrollamos, en la aparición de nuestros temores, forma parte de nuestra vida desde que nacemos hasta que nos acompaña en el término. Hablar de muerte es hablar de vida, nos permite maravillarnos de las cosas que nos rodean, de apreciar nuestras mañanas y de buscar nuestra realización, y por qué no, de ilusionarnos con una existencia eterna más allá de las fronteras, como decía Platón “cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo”, y Mahatma Gandhi “Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel.” 

domingo, 2 de septiembre de 2012

A seis años

Mañana se cumplen seis años desde que ya no estás a mi lado, desde ese día en que vimos como tristemente por 21 horas estuviste agonizando sin que los doctores pudieran hacer algo para prolongar más tu vida, esa vida que tanto amabas y protegías en cada uno de tus rescates.

Fueron horas terribles, verte conectado a todas esas máquinas, ver como tu pulso poco a poco decaía y tu presión ya estaba en el límite, pero tus ganas de vivir eran tantas que el sólo escucharnos hablar aún muy despacio reactivaba tu corazón y hacía que por unos momentos no perdiéramos la esperanza, sin embargo tu corazón dejó de latir a las 21:03 horas.

Hablar de ti sería como escribir un libro, en pocas palabras no podría resumir esos 21 años que estuviste conmigo físicamente, porque a pesar de tus errores, porque somos todos humanos, siempre fuiste mi héroe, mi súper papá, mi mejor amigo, mi pilar!

Estos seis años han hecho cuestionarme muchas cosas, las suficientes como para querer partir en más de una oportunidad a tu lado, pero comprendí que eso sólo causaría más dolor y no es lo que hubieses querido, tu amabas la vida y querías que todos nosotros la amaramos igual independiente de todos los obstáculos que existieran.

En este tiempo que no has estado corpóreamente, no podría decir que no has dejado para siempre, estás con nosotros en cada paso que damos, nos visitas en sueños y nos acompañas sobre todo cuando más mal nos sentimos, nunca te has dejado de preocupar y sé que tenemos el más bello de los ángeles cuidándonos a cada minuto.

Aún así, me gustaría poder retroceder el tiempo para sentir tu olor, sentir tus abrazos, tus caricias, tus risas, escuchar tu voz, extraño tanto verte en casa, ver que no estás en la cama, o que no estás en la cocina preparándonos esos postres que adorábamos con mi hermano, me causa una pena enorme, pero debo seguir adelante porque eso es lo que tú siempre has querido y no puedo defraudarte.

Me hubiese gustado escribir algo más bello para ti! Quizá mañana esté más inspirada, pero sólo sé que hoy recuerdo dos cosas sin duda, el triste día en que te vi mal en el hospital y el día en que tu sonrisa ilumino mi vida para siempre.

Te amo papá y eso nadie lo podrá cambiar!