Muchas veces una posesión se manifiesta a través de enfermedades que no pueden ser tratadas o ni siquiera diagnosticadas por la medicina moderna. Este sería el caso que afectó a Nancy Urquieta en 1993.
Aquí les dejó una de las reseñas de la época, publicada en la Revista Revelación (Santiago) Nº 2. Diciembre 1995, pgs. 7-11. El reportaje estaba a cargo de Osvaldo Muray.
La población “Juanita Aguirre” es un armónico conjunto habitacional, erigido hace más de treinta años en lo que era el límite septentrional de Santiago. Por el oriente comienza en la avenida Independencia y su borde norte discurre a orillas de la avenida Huechuraba rumbo al oriente. Paralela a ésta corre, desde no hace mucho, la circunvalación Américo Vespucio. Y más al norte, cerros, cerros y más cerros. Desde cualquier punto de Huechuraba o Independencia los cerros están presentes a los ojos del transeúnte. Hace unos veinte años, todo el sector era de viñas generosas, que cada verano se convertían en las chichas más apreciadas de la zona central. Pero el crecimiento indetenible de la ciudad arrasó los viñedos y cubrió las oscuras y feraces tierras con cintas de cemento, casas y edificios de departamentos. Sólo la presencia de los cerros, ha impedido que ese rincón de la ciudad pierda su carácter aún campesino.
La "Juanita Aguirre", una de las poblaciones más grandes de Santiago, en el día es un apacible sector habitacional. Para el lado de Huechuraba viven funcionarios de la Fach, institución que posee alrededor de 500 casas para su personal. En el medio de este conglomerado se levantó, hace seis años, una capilla castrense, llamada "San Juan de Capistrano", con el fin de servir a las necesidades espirituales de los uniformados que allí moran. A cargo de la capilla se encuentra el diácono Gustavo Cerda Córdova, quien habita en frente mismo de su capilla. Para el diácono la tarea no es fácil. El personal uniformado de su grey -apegado al mismo materialismo que domina a toda la sociedad actual- es renuente al llamado de la Iglesia, y la capilla contabiliza un promedio de treinta familias -de 500 que concurren al oficio religioso de los domingos: Un magro seis por ciento de creyentes y un abrumador 94 por ciento de ovejas descarriadas. Un cercano templo mormón anota una concurrencia mucho más elevada que la capilla, los domingos.
Por ello, el diácono triplica sus esfuerzos tratando de regresar las ovejas al redil. Ese afán por evitar el colapso de la fe entre los feligreses de la "Juanita Aguirre", le llevó a crear todo un conjunto de catequistas que se dedican a evangelizar a los cristianos de su entorno.
La "Juanita Aguirre", una de las poblaciones más grandes de Santiago, en el día es un apacible sector habitacional. Para el lado de Huechuraba viven funcionarios de la Fach, institución que posee alrededor de 500 casas para su personal. En el medio de este conglomerado se levantó, hace seis años, una capilla castrense, llamada "San Juan de Capistrano", con el fin de servir a las necesidades espirituales de los uniformados que allí moran. A cargo de la capilla se encuentra el diácono Gustavo Cerda Córdova, quien habita en frente mismo de su capilla. Para el diácono la tarea no es fácil. El personal uniformado de su grey -apegado al mismo materialismo que domina a toda la sociedad actual- es renuente al llamado de la Iglesia, y la capilla contabiliza un promedio de treinta familias -de 500 que concurren al oficio religioso de los domingos: Un magro seis por ciento de creyentes y un abrumador 94 por ciento de ovejas descarriadas. Un cercano templo mormón anota una concurrencia mucho más elevada que la capilla, los domingos.
Por ello, el diácono triplica sus esfuerzos tratando de regresar las ovejas al redil. Ese afán por evitar el colapso de la fe entre los feligreses de la "Juanita Aguirre", le llevó a crear todo un conjunto de catequistas que se dedican a evangelizar a los cristianos de su entorno.
LA ELEGIDA
Entre los catequistas de la capilla resaltaba la joven esposa de un cabo de la Fach, llamada N.U la que junto a su cónyuge conformaban un matrimonio ejemplar por su fidelidad por sus creencias religiosas.
De ese matrimonio, el diácono creó una pareja de catequistas que dedicados a brindar educación a los novios que se preparan para dar el “sí” ante Dios. Nada en la vida de ese matrimonio hacía presagiar que el destino les prepararía un final aciago e imprevisible, extrahumano.
N.U., madre de tres hijos, cuidaba de su hogar y su prole con el mismo fervor con que profesaba su tarea de consejera prematrimonial. La catequesis sorbía cada momento libre de su existencia y, por ello, nadie pudo imaginarse, ni remotamente, que el golpe fatal de su vida de piedad y fidelidad cristiana vendría desde el mundo de las tinieblas.
El primer signo premonitorio, y que nadie, por supuesto, pudo interpretar de esa manera ocurrió en los días en que el Papa Juan Pablo II estuvo de visita en Chile. Por esa visita, el esposo de N.U. fue trasladado a Puerto Montt. En esa fecha aún carecían de teléfono, por lo cual el esposo le pidió a un amigo y vecino de la población, que visitara de vez en cuando a su esposa para saber si afrontaba algún tipo de problema y le ayudara si era necesario.
Cierta noche, el amigo llegó a cumplir su encargo y conversó con N.U. desde la ventana. La joven le explicaba que estaba todo bien cuando el amigo se percató de algo muy extraño: En las ramas superiores de un álamo muy alto divisó, entre luces y sombras la presencia de un pájaro de desusado tamaño. Era un pájaro negro, pero más que pájaro parecía un hombre alado. El amigo se asustó, porque su “sexto sentido” le dijo que era algo muy extraño, anormal. Muy agitado le recomendó a N.U. que cerrara la ventana y se acostara. El mismo corrió apresurado a su auto y se marchó a su casa.
De ese matrimonio, el diácono creó una pareja de catequistas que dedicados a brindar educación a los novios que se preparan para dar el “sí” ante Dios. Nada en la vida de ese matrimonio hacía presagiar que el destino les prepararía un final aciago e imprevisible, extrahumano.
N.U., madre de tres hijos, cuidaba de su hogar y su prole con el mismo fervor con que profesaba su tarea de consejera prematrimonial. La catequesis sorbía cada momento libre de su existencia y, por ello, nadie pudo imaginarse, ni remotamente, que el golpe fatal de su vida de piedad y fidelidad cristiana vendría desde el mundo de las tinieblas.
El primer signo premonitorio, y que nadie, por supuesto, pudo interpretar de esa manera ocurrió en los días en que el Papa Juan Pablo II estuvo de visita en Chile. Por esa visita, el esposo de N.U. fue trasladado a Puerto Montt. En esa fecha aún carecían de teléfono, por lo cual el esposo le pidió a un amigo y vecino de la población, que visitara de vez en cuando a su esposa para saber si afrontaba algún tipo de problema y le ayudara si era necesario.
Cierta noche, el amigo llegó a cumplir su encargo y conversó con N.U. desde la ventana. La joven le explicaba que estaba todo bien cuando el amigo se percató de algo muy extraño: En las ramas superiores de un álamo muy alto divisó, entre luces y sombras la presencia de un pájaro de desusado tamaño. Era un pájaro negro, pero más que pájaro parecía un hombre alado. El amigo se asustó, porque su “sexto sentido” le dijo que era algo muy extraño, anormal. Muy agitado le recomendó a N.U. que cerrara la ventana y se acostara. El mismo corrió apresurado a su auto y se marchó a su casa.
LA LLAMADA
Pero el asunto se olvidó hasta mediados de agosto de 1993. En la casa de pasaje Bahía esquina de Huechuraba ya había teléfono.
El esposo de N.U. se encontraba de guardia en su unidad esa noche. A las tres de la mañana sonó el teléfono. N.U. pensó que su esposo le llamaba por algo urgente y se levantó presta a contestar la llamada. Pero no era su cónyuge quien estaba al otro lado de la línea telefónica. Tras decir aló, llegó a sus oídos una voz ronca, de hombre, que le dijo: “Yo te voy a llevar, quédate tranquila, no te asustes”. Pero Nancy no se asustó. Al contrario, se indignó.
Cuando el esposo regresó, al día siguiente, le relató lo sucedido.
Desde ese momento pasaron varias noches en vela esperando que el misterioso llamador repitiera su “broma”, para darle una merecida respuesta. Pero el llamado no se repitió. Sin embargo, el tiempo de la joven y agraciada catequista se iba acortando en forma dramática.
Los hechos comenzaron a suceder con rapidez a partir del llamado telefónico. Pero hagamos un paréntesis para recordar de qué manera entré en posesión de esta increíble historia.
El esposo de N.U. se encontraba de guardia en su unidad esa noche. A las tres de la mañana sonó el teléfono. N.U. pensó que su esposo le llamaba por algo urgente y se levantó presta a contestar la llamada. Pero no era su cónyuge quien estaba al otro lado de la línea telefónica. Tras decir aló, llegó a sus oídos una voz ronca, de hombre, que le dijo: “Yo te voy a llevar, quédate tranquila, no te asustes”. Pero Nancy no se asustó. Al contrario, se indignó.
Cuando el esposo regresó, al día siguiente, le relató lo sucedido.
Desde ese momento pasaron varias noches en vela esperando que el misterioso llamador repitiera su “broma”, para darle una merecida respuesta. Pero el llamado no se repitió. Sin embargo, el tiempo de la joven y agraciada catequista se iba acortando en forma dramática.
Los hechos comenzaron a suceder con rapidez a partir del llamado telefónico. Pero hagamos un paréntesis para recordar de qué manera entré en posesión de esta increíble historia.
EL MAL RONDA LA CAPILLA
El “Mes de María” del año 1994 significó días de esplendor para la pequeña pero acogedora capilla castrense. Mujeres de edad avanzada ocupaban sus lustrosos bancos cada atardecer, rindiendo homenaje a la Madre del Salvador. El caso de N.U había finalizado trágicamente en julio, y ya en noviembre casi nadie se acordaba de sus terribles entretelones. Era de conocimiento sólo de la gente de la FACH y sus cónyuges. No había trascendido al resto de los civiles de la “Juanita Aguirre” que son la mayoría de los habitantes.
Cuando el mes de noviembre ya entraba en su último día, el diácono hizo su acostumbrado sermón, pero esta vez fue muy diferente. En pocas y nerviosas palabras dio a su feligresía que la falta de fe y el desapego de su grey le estaba dejando el campo libre a las fuerzas del mal. Y esta aseveración la ejemplificó con un relato extraordinario.
El día anterior al sermón, llegó hasta la capilla, a tempranas horas de la tarde, un grupo de alumnos de una escuela cercana. Los niños fueron atendidos por la esposa del diácono que, al escuchar su versión, los hizo entrar al templo y arrodillarse ante una hermosa imagen de Jesús, tallada en madera, que adorna un costado del altar. Enseguida fue en busca de su esposo y le puso al corriente de la singular visita. El diácono corrió a la capilla y pudo enterarse de una historia terriblemente fantástica.
Como todas las tardes, los niños entraron a clases, pero su profesora los dejó un momento para acudir a un llamado del director. Los niños de entre 10 y 11 años, comenzaron a jugar libremente alborotados, como es de esperar, en un grupo de inquietos adolescentes. De pronto uno de ellos –tal vez recordando algún film de la TV— propuso: “llamemos al Diablo”. Su propuesta encontró amplio eco y de alguna manera comenzaron un conjuro. Hasta ahí, todo entre risas y pullas.
De pronto, el conjuro pareció surtir efecto: un ruido atronador invadió la sala y un ventanal saltó hecho añicos. Un viento tempestuoso penetró al recinto, y los niños –más de una veintena—comenzaron a ser azotados unos contra otros y contra los bancos.
Una de las chicas recibió severos rasguños en una pierna, que alguna garra invisible le hizo al aferrarla. Obvio es decirlo, el pánico era terrible y nadie podía escapar de esa sala.
De pronto, el viento cesó y regresó la calma. Había varios niños contusos, pero lo principal era el pánico generalizado. Algunos de ellos propusieron ir a confesarse al templo más cercano, que resultó ser la capilla de San Juan de Capistrano.
El diácono escuchó el relato. Les hizo un sermón y los puso a rezar al Señor, mientras invocaba la ayuda divina para liberar a los niños de terror que los embargaba.
Hasta ahora, todos los conocedores de esta historia se han negado a revelar el establecimiento donde sucedieron estos hechos, pero desde luego es alguno cercano a la capilla. En sus alrededores funcionan a lo menos cinco escuelas. El secreto se mantiene hermético, porque estas escuelas son particulares subvencionadas y si se llega a conocer en cuál establecimiento tuvo lugar esta “película de pesadilla”, todos los padres van a retirar a sus hijos y será la ruina para los dueños del colegio.
Atraído por tan espectacular historia, acudí a entrevistar al diácono para un atrayente y novedoso periódico de Conchalí (desgraciadamente hoy desaparecido). En medio de la charla con el religioso castrense, le pregunté: ¿Han sucedido otros hechos semejantes entre sus feligreses?...
De esa manera conocí lo sucedido con la catequista N.U., que había sido sepultada hacía sólo cuatro meses, relato que superó largamente la historia de los niños.
Y aquí retomo el hilo de la tragedia de la catequista. Junto al diácono fui a entrevistar al cabo de la FACH esposo de N.U., quien me dijo que deseaba que esta historia fuera conocida por todos, con el objeto de evitar que haya otras víctimas de este mundo de tinieblas.
El día anterior al sermón, llegó hasta la capilla, a tempranas horas de la tarde, un grupo de alumnos de una escuela cercana. Los niños fueron atendidos por la esposa del diácono que, al escuchar su versión, los hizo entrar al templo y arrodillarse ante una hermosa imagen de Jesús, tallada en madera, que adorna un costado del altar. Enseguida fue en busca de su esposo y le puso al corriente de la singular visita. El diácono corrió a la capilla y pudo enterarse de una historia terriblemente fantástica.
Como todas las tardes, los niños entraron a clases, pero su profesora los dejó un momento para acudir a un llamado del director. Los niños de entre 10 y 11 años, comenzaron a jugar libremente alborotados, como es de esperar, en un grupo de inquietos adolescentes. De pronto uno de ellos –tal vez recordando algún film de la TV— propuso: “llamemos al Diablo”. Su propuesta encontró amplio eco y de alguna manera comenzaron un conjuro. Hasta ahí, todo entre risas y pullas.
De pronto, el conjuro pareció surtir efecto: un ruido atronador invadió la sala y un ventanal saltó hecho añicos. Un viento tempestuoso penetró al recinto, y los niños –más de una veintena—comenzaron a ser azotados unos contra otros y contra los bancos.
Una de las chicas recibió severos rasguños en una pierna, que alguna garra invisible le hizo al aferrarla. Obvio es decirlo, el pánico era terrible y nadie podía escapar de esa sala.
De pronto, el viento cesó y regresó la calma. Había varios niños contusos, pero lo principal era el pánico generalizado. Algunos de ellos propusieron ir a confesarse al templo más cercano, que resultó ser la capilla de San Juan de Capistrano.
El diácono escuchó el relato. Les hizo un sermón y los puso a rezar al Señor, mientras invocaba la ayuda divina para liberar a los niños de terror que los embargaba.
Hasta ahora, todos los conocedores de esta historia se han negado a revelar el establecimiento donde sucedieron estos hechos, pero desde luego es alguno cercano a la capilla. En sus alrededores funcionan a lo menos cinco escuelas. El secreto se mantiene hermético, porque estas escuelas son particulares subvencionadas y si se llega a conocer en cuál establecimiento tuvo lugar esta “película de pesadilla”, todos los padres van a retirar a sus hijos y será la ruina para los dueños del colegio.
Atraído por tan espectacular historia, acudí a entrevistar al diácono para un atrayente y novedoso periódico de Conchalí (desgraciadamente hoy desaparecido). En medio de la charla con el religioso castrense, le pregunté: ¿Han sucedido otros hechos semejantes entre sus feligreses?...
De esa manera conocí lo sucedido con la catequista N.U., que había sido sepultada hacía sólo cuatro meses, relato que superó largamente la historia de los niños.
Y aquí retomo el hilo de la tragedia de la catequista. Junto al diácono fui a entrevistar al cabo de la FACH esposo de N.U., quien me dijo que deseaba que esta historia fuera conocida por todos, con el objeto de evitar que haya otras víctimas de este mundo de tinieblas.
COMIENZA LA POSESIÓN
Octubre de 1993. En el hogar de la catequista ya nadie se acuerda del hombre-pájaro ni de la extraña llamada nocturna. El dueño de casa está nuevamente en el sur, en comisión de servicio.
La penúltima noche, en Chillán, llama a su casa, para anunciarle a N.U., que al día siguiente regresaría a Santiago, tras más de una semana de ausencia. Esa conversación la recordó así:
“Era mi penúltima noche (en el sur) y tenía muchas ganas de regresar. Hablé con mi esposa y le encontré la voz muy rara. Estaba angustiada y llorando. Le dije: -“Mi amor, ¿qué te pasa?; por favor, ¡cálmate, ya voy a volver! Eran 17 años de matrimonio y –como dicen los lolos-- yo me pasaba cualquier rollo. Llegué al fin el día viernes.
--Al verme, me abrazó y se puso a llorar. Me contó que se sentía muy mal, que le dolían las piernas, la cara, los pómulos y tenía un decaimiento total. Le dije: “Vamos de inmediato al hospital. Pero no quiso ir y me respondió: --“No, debe ser donde te eché tanto de menos… mañana voy a amanecer mejor”.
El afligido esposo la trató de sacar de su estado, conversándole de proyectos futuros, de un viaje…“—Pero me di cuenta que en realidad se sentía muy mal. La acosté y le sobé las piernas. Al otro día la llevé a pasear a Quillota, a casa de una abuelita. Pasamos un buen día, pero cuando veníamos de regreso a Santiago, estaba muy decaída. En la noche me dijo que sentía miedo, que estaba angustiada”.
Al acostarnos – como era costumbre cada noche –leímos la Biblia. En cuanto apagué la luz se puso a llorar y me dijo que se sentía mal. Volvimos a leer la Biblia. Apagué de nuevo la luz y me pidió agua. Yo estaba cansado, porque el viaje había sido agotador. En eso se sentó bruscamente en la cama, como si alguien la hubiese tomado y vi su cara desfigurada, tenía los ojos desorbitados, la cabeza le pesaba y me decía: --“¡El niño, cuídame el niño!” Yo le replicaba: “¡Mi amor, tú te vas a sanar, el niño no tiene nada!”
Frente a tal situación, el esposo despertó a sus hijas y llamó a una hermana. N.U., fue trasladada al hospital militar, donde el médico que la atendió le restó importancia al asunto. Dijo que necesitaba dormir y que a lo mejor habían tenido una pelea matrimonial y eso era todo. En vista de tal situación y como el mal persistiera, se consultó a un médico del hospital de la FACH. Allí se le sometió a numerosos exámenes pero no se le encontró ninguna enfermedad.
Como el extraño mal persistiera, se le llevó en varias ocasiones al hospital de la FACH. Un día le hicieron exámenes durante 24 horas, electroencefalogramas, electrocardiogramas, scanner, resonancia nuclear magnética y, a su término, se le negó hospitalización porque se encontraba sana. Pero N.U., decaía a ojos vistas.
Debido a esta situación, la joven poseída fue llevada a un siquiatra particular, quien dijo que podría ser un problema de depresión y comenzó a tratarla, pero sin resultados.
Llegaba el fin de año y N.U. iba de mal en peor. Sólo cuando era sacada por su esposo a dar vueltas en el auto, recuperaba la lucidez y mejoraba visiblemente, pero en cuanto entraba a su casa de pasaje Bahía, la fuerza maligna volvía a posesionarse de ella. Para la fiesta navideña la llevaron a casa de su cuñada, en Quilicura. Todo transcurrió normalmente. Por la noche, el esposo le pidió a su hija mayor que viera a su madre que estaba acostada en un dormitorio. La encontró de pie sobre la cama vociferando contra alguien. Fue necesaria la fuerza de varias de las personas presentes, para poder dominarla y calmarla. N.U exhibía fuerzas extra humanas.
A comienzos de enero, el diácono regresó de sus vacaciones en el sur. Se enteró que su mejor catequista estaba poseída de un extraño mal y la fue a visitar de inmediato.
Gustavo Cerda recuerda ese momento:
“N.U. estaba sentada en un sillón cubierta con un chal, inmóvil. No reconocía a nadie. Le dije:
-¿Cómo estás?, y me respondió con una terrorífica voz de hombre:
-“Gus-ta-voo, ¿qué haces aquí?” Me estremecí por completo. Yo no soy miedoso, pero esto era algo aterrador. Le pregunté a su esposo qué había sucedido y me contó que unas vecinas del pasaje le habían hecho un mal.
Cuando el diácono estuvo al tanto de todos los avatares del caso, le recomendó al esposo de N.U. que visitaran al obispo castrense, monseñor Joaquín Matte Varas y le impusieran del asunto. El obispo le aconsejó tener mucha fe en Dios y emitió un decreto para ser cumplido por un sacerdote de Melipilla, experto en exorcismo. Pero lo extraño es que una vez que el sacerdote exorcista examinó a la enferma en su templo, se negó a realizar el exorcismo, diciendo que estaba muy asustado. Y debieron regresar a Santiago con N.U. y sus acompañantes (otro diácono, un sacerdote y un par de familiares).
Gustavo Cerda, el diácono, no desmayó y poco después la llevaron a ver a otro exorcista, el padre Angel, un sacerdote alemán de la orden dominica en Las Condes.
El diácono recuerda que ya N.U no hablaba ni reconocía a quienes le acompañaban. Estaba sumida en un mutismo total. Llegados al convento, conversaron con el padre y cuando éste se enteró del motivo de la visita los hizo pasar al interior del recinto y luego a un pequeño caminito que conduce a la parroquia. El sendero está adornado con alegorías católicas. Justo antes de entrar al templo hay una bella imagen de María, la Madre de Jesús. Al verla, N.U. comenzó a increparla con su terrible voz de hombre, fue espantoso. Cuando N.U. se calmó volvió a caer en su mutismo y fue posible realizar el exorcismo.
Al regreso, una vez en el auto, cuando el vehículo descendía por el escarpado camino, N.U. pareció volver en sí y lanzando una carcajada escalofriante les dijo con su gutural voz de hombre: --“No nos llevamos a quien vinimos a buscar”, y volvió a lanzar sus cavernosas carcajadas.
La penúltima noche, en Chillán, llama a su casa, para anunciarle a N.U., que al día siguiente regresaría a Santiago, tras más de una semana de ausencia. Esa conversación la recordó así:
“Era mi penúltima noche (en el sur) y tenía muchas ganas de regresar. Hablé con mi esposa y le encontré la voz muy rara. Estaba angustiada y llorando. Le dije: -“Mi amor, ¿qué te pasa?; por favor, ¡cálmate, ya voy a volver! Eran 17 años de matrimonio y –como dicen los lolos-- yo me pasaba cualquier rollo. Llegué al fin el día viernes.
--Al verme, me abrazó y se puso a llorar. Me contó que se sentía muy mal, que le dolían las piernas, la cara, los pómulos y tenía un decaimiento total. Le dije: “Vamos de inmediato al hospital. Pero no quiso ir y me respondió: --“No, debe ser donde te eché tanto de menos… mañana voy a amanecer mejor”.
El afligido esposo la trató de sacar de su estado, conversándole de proyectos futuros, de un viaje…“—Pero me di cuenta que en realidad se sentía muy mal. La acosté y le sobé las piernas. Al otro día la llevé a pasear a Quillota, a casa de una abuelita. Pasamos un buen día, pero cuando veníamos de regreso a Santiago, estaba muy decaída. En la noche me dijo que sentía miedo, que estaba angustiada”.
Al acostarnos – como era costumbre cada noche –leímos la Biblia. En cuanto apagué la luz se puso a llorar y me dijo que se sentía mal. Volvimos a leer la Biblia. Apagué de nuevo la luz y me pidió agua. Yo estaba cansado, porque el viaje había sido agotador. En eso se sentó bruscamente en la cama, como si alguien la hubiese tomado y vi su cara desfigurada, tenía los ojos desorbitados, la cabeza le pesaba y me decía: --“¡El niño, cuídame el niño!” Yo le replicaba: “¡Mi amor, tú te vas a sanar, el niño no tiene nada!”
Frente a tal situación, el esposo despertó a sus hijas y llamó a una hermana. N.U., fue trasladada al hospital militar, donde el médico que la atendió le restó importancia al asunto. Dijo que necesitaba dormir y que a lo mejor habían tenido una pelea matrimonial y eso era todo. En vista de tal situación y como el mal persistiera, se consultó a un médico del hospital de la FACH. Allí se le sometió a numerosos exámenes pero no se le encontró ninguna enfermedad.
Como el extraño mal persistiera, se le llevó en varias ocasiones al hospital de la FACH. Un día le hicieron exámenes durante 24 horas, electroencefalogramas, electrocardiogramas, scanner, resonancia nuclear magnética y, a su término, se le negó hospitalización porque se encontraba sana. Pero N.U., decaía a ojos vistas.
Debido a esta situación, la joven poseída fue llevada a un siquiatra particular, quien dijo que podría ser un problema de depresión y comenzó a tratarla, pero sin resultados.
Llegaba el fin de año y N.U. iba de mal en peor. Sólo cuando era sacada por su esposo a dar vueltas en el auto, recuperaba la lucidez y mejoraba visiblemente, pero en cuanto entraba a su casa de pasaje Bahía, la fuerza maligna volvía a posesionarse de ella. Para la fiesta navideña la llevaron a casa de su cuñada, en Quilicura. Todo transcurrió normalmente. Por la noche, el esposo le pidió a su hija mayor que viera a su madre que estaba acostada en un dormitorio. La encontró de pie sobre la cama vociferando contra alguien. Fue necesaria la fuerza de varias de las personas presentes, para poder dominarla y calmarla. N.U exhibía fuerzas extra humanas.
A comienzos de enero, el diácono regresó de sus vacaciones en el sur. Se enteró que su mejor catequista estaba poseída de un extraño mal y la fue a visitar de inmediato.
Gustavo Cerda recuerda ese momento:
“N.U. estaba sentada en un sillón cubierta con un chal, inmóvil. No reconocía a nadie. Le dije:
-¿Cómo estás?, y me respondió con una terrorífica voz de hombre:
-“Gus-ta-voo, ¿qué haces aquí?” Me estremecí por completo. Yo no soy miedoso, pero esto era algo aterrador. Le pregunté a su esposo qué había sucedido y me contó que unas vecinas del pasaje le habían hecho un mal.
Cuando el diácono estuvo al tanto de todos los avatares del caso, le recomendó al esposo de N.U. que visitaran al obispo castrense, monseñor Joaquín Matte Varas y le impusieran del asunto. El obispo le aconsejó tener mucha fe en Dios y emitió un decreto para ser cumplido por un sacerdote de Melipilla, experto en exorcismo. Pero lo extraño es que una vez que el sacerdote exorcista examinó a la enferma en su templo, se negó a realizar el exorcismo, diciendo que estaba muy asustado. Y debieron regresar a Santiago con N.U. y sus acompañantes (otro diácono, un sacerdote y un par de familiares).
Gustavo Cerda, el diácono, no desmayó y poco después la llevaron a ver a otro exorcista, el padre Angel, un sacerdote alemán de la orden dominica en Las Condes.
El diácono recuerda que ya N.U no hablaba ni reconocía a quienes le acompañaban. Estaba sumida en un mutismo total. Llegados al convento, conversaron con el padre y cuando éste se enteró del motivo de la visita los hizo pasar al interior del recinto y luego a un pequeño caminito que conduce a la parroquia. El sendero está adornado con alegorías católicas. Justo antes de entrar al templo hay una bella imagen de María, la Madre de Jesús. Al verla, N.U. comenzó a increparla con su terrible voz de hombre, fue espantoso. Cuando N.U. se calmó volvió a caer en su mutismo y fue posible realizar el exorcismo.
Al regreso, una vez en el auto, cuando el vehículo descendía por el escarpado camino, N.U. pareció volver en sí y lanzando una carcajada escalofriante les dijo con su gutural voz de hombre: --“No nos llevamos a quien vinimos a buscar”, y volvió a lanzar sus cavernosas carcajadas.
LA COLORINA
Ante el fracaso de la ciencia médica y de los fracasados exorcismos, el esposo de N.U. consultó a una espiritista de Talagante.
La mujer, al ver a la joven catequista, emitió su diagnóstico de inmediato: “Le hicieron un mal”.
Luego, aconsejó el sistema para identificar a quien le lanzara el maleficio a la catequista. Le dio siete velas de diferentes colores al marido y le dijo que cada noche debía rezar frente a una vela que debería encender sobre un papel.
Los rezos debían prolongarse tanto como durara la vela. Una vela cada día. Así se hizo. La esperma derretida se fue acumulando sobre el papel y al término del séptimo día, la esperma había dibujado el rostro inconfundible de una mujer, la larga cabellera colorida… toda una fotografía de una vecina de N.U, en el pasaje Bahía.
Una de las noches en que el esposo realizaba las oraciones frente a la vela respectiva, encontrándose el diácono y su esposa en la casa, acompañando a N.U, se sintieron fuertes golpes en la casa. Al término de la sesión, el diácono y su cónyuge abandonaron la casa y el esposo de N.U los acompañó hasta la puerta de calle. Sobre un mueble ardía el último cabo de una vela, formando la figura que después identificarían como la “colorida del pasaje”. Cuando el cabo de la FACH regresa a la habitación, la llama de la vela tiene dos formas muy extrañas: los pulmones y la tráquea. El hombre se aterró y llamó al diácono que vivía a tres cuadras de su casa. Gustavo Cerda le aconsejó que no tomara la vela con las manos, que la arrojara al W.C. y tirara la cadena y luego se lavara las manos concienzudamente.
La mujer, al ver a la joven catequista, emitió su diagnóstico de inmediato: “Le hicieron un mal”.
Luego, aconsejó el sistema para identificar a quien le lanzara el maleficio a la catequista. Le dio siete velas de diferentes colores al marido y le dijo que cada noche debía rezar frente a una vela que debería encender sobre un papel.
Los rezos debían prolongarse tanto como durara la vela. Una vela cada día. Así se hizo. La esperma derretida se fue acumulando sobre el papel y al término del séptimo día, la esperma había dibujado el rostro inconfundible de una mujer, la larga cabellera colorida… toda una fotografía de una vecina de N.U, en el pasaje Bahía.
Una de las noches en que el esposo realizaba las oraciones frente a la vela respectiva, encontrándose el diácono y su esposa en la casa, acompañando a N.U, se sintieron fuertes golpes en la casa. Al término de la sesión, el diácono y su cónyuge abandonaron la casa y el esposo de N.U los acompañó hasta la puerta de calle. Sobre un mueble ardía el último cabo de una vela, formando la figura que después identificarían como la “colorida del pasaje”. Cuando el cabo de la FACH regresa a la habitación, la llama de la vela tiene dos formas muy extrañas: los pulmones y la tráquea. El hombre se aterró y llamó al diácono que vivía a tres cuadras de su casa. Gustavo Cerda le aconsejó que no tomara la vela con las manos, que la arrojara al W.C. y tirara la cadena y luego se lavara las manos concienzudamente.
JUGARRETAS DEL ESPACIO TIEMPO
Hasta ahí, nada entregaba resultados positivos. Al fracaso de la medicina moderna, de los exorcistas de la Iglesia, se sumaba el fracaso de la bruja talagantina, quien, aparte de identificar a una mujer colorida de pelo largo como la autora del maleficio, nada pudo hacer para mejorar a la catequista.
Por ello, cuando un matrimonio amigo del cabo le propone que N.U. sea vista por un espiritista de la misma población, el esposo acepta. Era el tiempo de recurrir a cualquier atisbo de solución.
De esta manera llega, hasta la casa de Quilicura donde N.U. había sido trasladada para sacarla del maléfico entorno del pasaje Bahía, una joven señora acompañada de los amigos del cabo.
No bien entran a la casa, la esposa del amigo se siente horriblemente mal y se le debe sacar a la calle, donde se repone de un mal repentino e inexplicable. La espiritista promete regresar esa noche. Lo hace, siempre acompañada del matrimonio. Pero no pide ver a la enferma sino desea conocer la casa donde comenzó este episodio de terror.
Son las once de la noche. Desde la casa de Quilicura hasta el pasaje Bahía median no más de quince minutos en auto, casi en línea recta, por avenidas pavimentadas y profusamente iluminadas. Es el mes de enero, el calor resulta insoportable aún cerca de la medianoche. Por lo mismo, es descabellado hablar de mal tiempo o neblina.
Se forman dos grupos. En el auto del cabo –un taxi- viaja éste y un primo. En un segundo auto, el matrimonio amigo y la espiritista. Adelante parte el taxi. Detrás, el segundo vehículo los sigue a muy corta distancia. En cierto momento algo muy curioso ocurre en el vehículo donde viaja la espiritista.
-“De pronto caímos en la nada” dijo a este periodista. El auto seguía andando, pero no sentíamos el roce de los neumáticos contra el pavimento. Afuera todo era neblina o algo así. Para donde miraran, la nada. Los faros alumbraban hacia una negrura espesa. Desaparecieron las casas, los árboles, los brillantes faroles de sodio de la avenida Manuel Antonio Matta. Tampoco encontraban vehículos en sentido contrario; menos en la Panamericana, a la cual no habrían tardado ni siete minutos en llegar.
En el interior del auto hacía frío (enero a esa hora, registraba veinte grados de temperatura). La espiritista recuerda que se hacían toda clase de conjeturas, pero no arribaban a ninguna conclusión. Sólo una cosa era muy clara. Ni arriba ni debajo ni en los costados del auto, tampoco en el frente o en la parte posterior había nada. Sólo una especie de neblina que se tragaba la luz de los faros.
El frío aumentaba y el auto seguía corriendo, pero… ¡sobre qué!
El esposo de N.U. y su primo esperaron más de una hora y se hacían toda clase de preguntas sobre qué les habría sucedido a sus acompañantes. Cuando había transcurrido una hora y media, e iban a salir en busca de los extraviados, éstos aparecieron. ¿Qué había sucedido?
En el interior del vehículo de la espiritista, la situación seguía invariable. El motor de auto ronroneando y el vehículo moviéndose, pero nadie sabía en qué dirección viajaban y por cuál misteriosa carretera en cuya superficie los neumáticos no rozaban. Cuando llevaban una hora viajando en la nada, de pronto se encontraron en tierra firme. Volvieron a distinguir el paisaje. Estaban sobre un camino de tierra, con la proa del auto contra un alambrado en un camino rural.
¿Camino de tierra? Reconocieron el terreno, retrocedieron y poco después estaban sobre el pavimento. A poco andar se ubicaron: se encontraban a la orilla del aeropuerto de Pudahuel, es decir, exactamente en el sentido contrario a donde se encaminaban al salir de Quilicura. Una vez reconocido el lugar, enfilaron en el sentido correcto y llegaron a la población Juanita Aguirre.
Por ello, cuando un matrimonio amigo del cabo le propone que N.U. sea vista por un espiritista de la misma población, el esposo acepta. Era el tiempo de recurrir a cualquier atisbo de solución.
De esta manera llega, hasta la casa de Quilicura donde N.U. había sido trasladada para sacarla del maléfico entorno del pasaje Bahía, una joven señora acompañada de los amigos del cabo.
No bien entran a la casa, la esposa del amigo se siente horriblemente mal y se le debe sacar a la calle, donde se repone de un mal repentino e inexplicable. La espiritista promete regresar esa noche. Lo hace, siempre acompañada del matrimonio. Pero no pide ver a la enferma sino desea conocer la casa donde comenzó este episodio de terror.
Son las once de la noche. Desde la casa de Quilicura hasta el pasaje Bahía median no más de quince minutos en auto, casi en línea recta, por avenidas pavimentadas y profusamente iluminadas. Es el mes de enero, el calor resulta insoportable aún cerca de la medianoche. Por lo mismo, es descabellado hablar de mal tiempo o neblina.
Se forman dos grupos. En el auto del cabo –un taxi- viaja éste y un primo. En un segundo auto, el matrimonio amigo y la espiritista. Adelante parte el taxi. Detrás, el segundo vehículo los sigue a muy corta distancia. En cierto momento algo muy curioso ocurre en el vehículo donde viaja la espiritista.
-“De pronto caímos en la nada” dijo a este periodista. El auto seguía andando, pero no sentíamos el roce de los neumáticos contra el pavimento. Afuera todo era neblina o algo así. Para donde miraran, la nada. Los faros alumbraban hacia una negrura espesa. Desaparecieron las casas, los árboles, los brillantes faroles de sodio de la avenida Manuel Antonio Matta. Tampoco encontraban vehículos en sentido contrario; menos en la Panamericana, a la cual no habrían tardado ni siete minutos en llegar.
En el interior del auto hacía frío (enero a esa hora, registraba veinte grados de temperatura). La espiritista recuerda que se hacían toda clase de conjeturas, pero no arribaban a ninguna conclusión. Sólo una cosa era muy clara. Ni arriba ni debajo ni en los costados del auto, tampoco en el frente o en la parte posterior había nada. Sólo una especie de neblina que se tragaba la luz de los faros.
El frío aumentaba y el auto seguía corriendo, pero… ¡sobre qué!
El esposo de N.U. y su primo esperaron más de una hora y se hacían toda clase de preguntas sobre qué les habría sucedido a sus acompañantes. Cuando había transcurrido una hora y media, e iban a salir en busca de los extraviados, éstos aparecieron. ¿Qué había sucedido?
En el interior del vehículo de la espiritista, la situación seguía invariable. El motor de auto ronroneando y el vehículo moviéndose, pero nadie sabía en qué dirección viajaban y por cuál misteriosa carretera en cuya superficie los neumáticos no rozaban. Cuando llevaban una hora viajando en la nada, de pronto se encontraron en tierra firme. Volvieron a distinguir el paisaje. Estaban sobre un camino de tierra, con la proa del auto contra un alambrado en un camino rural.
¿Camino de tierra? Reconocieron el terreno, retrocedieron y poco después estaban sobre el pavimento. A poco andar se ubicaron: se encontraban a la orilla del aeropuerto de Pudahuel, es decir, exactamente en el sentido contrario a donde se encaminaban al salir de Quilicura. Una vez reconocido el lugar, enfilaron en el sentido correcto y llegaron a la población Juanita Aguirre.
EL ÚLTIMO ATAQUE
En los días siguientes, N.U. fue llevada por su esposo a donde otro siquiatra. En su presencia, la joven catequista sufrió una especie de ataque de epilepsia. Mientras su esposo evitaba que se mordiera la lengua, el siquiatra miraba embobado, paralizado de miedo. Eso no era un ataque de epilepsia. Al fin, el médico reaccionó y pidió una ambulancia al hospital de la FACH. N.U. fue internada; eran los primeros días de enero de 1994. Permaneció inconsciente hasta el 4 de julio, sin reconocer ni menos hablar con nadie. El personal del hospital que debía atenderla le tenía miedo, porque a su alrededor sucedían hechos inexplicables.
El 4 de julio de ese año, N.U. entregó su alma al Creador.
El 4 de julio de ese año, N.U. entregó su alma al Creador.
SUCESOS POSTERIORES, LA VIGILIA INCONCLUSA
A finales de diciembre de 1993, cuando N.U. recién había sido trasladada desde su casa del pasaje Bahía a casa de su cuñada, en Quilicura, un grupo de catequistas compañeros de la víctima, decidieron realizar una vigilia. Para ello le comunicaron al esposo de la joven, que esa noche, desde las 21 a las 24 horas, se iban a reunir en una oración permanente en la capilla. Y le pidieron que desde las 00 horas a las seis de la mañana, ellos y sus familiares hicieran vigilia en la casa donde estaba N.U… Así se hizo.
Cerca de las 11 de la noche, cuando unas treinta personas oraban en el templo, en medio del mayor recogimiento, toda la construcción se remeció cuando algo golpeó sobre el techo. A todos los presentes, gente de la Fuerza Aérea, se les imaginó que un avión había caído en la capilla. Por supuesto, huyeron aterrorizados a la calle. Pero el ruido no cesó. Parecía que algún invisible bromista deslizaba con gran alboroto un tambor metálico sobre el techo y el edificio –una sólida construcción de madera- se estremecía entera mientras en su interior las lámparas se apagaban y prendían, todo esto en medio de un estrépito ensordecedor. Tras diez minutos –más o menos- y cuando todo el mundo rezaba e invocaba a Dios, el ruido cesó tan bruscamente como empezara.
Poco después, en Quilicura, familiares, vecinos y amigos de N.U., oraban por el restablecimiento de su salud. De pronto, las luces de una lámpara que iluminaba el living parpadearon y la lámpara cayó al suelo con gran estrépito, sumiendo la casa en la oscuridad.
Por supuesto, nunca hubo la menor explicación para estos fenómenos.
Cerca de las 11 de la noche, cuando unas treinta personas oraban en el templo, en medio del mayor recogimiento, toda la construcción se remeció cuando algo golpeó sobre el techo. A todos los presentes, gente de la Fuerza Aérea, se les imaginó que un avión había caído en la capilla. Por supuesto, huyeron aterrorizados a la calle. Pero el ruido no cesó. Parecía que algún invisible bromista deslizaba con gran alboroto un tambor metálico sobre el techo y el edificio –una sólida construcción de madera- se estremecía entera mientras en su interior las lámparas se apagaban y prendían, todo esto en medio de un estrépito ensordecedor. Tras diez minutos –más o menos- y cuando todo el mundo rezaba e invocaba a Dios, el ruido cesó tan bruscamente como empezara.
Poco después, en Quilicura, familiares, vecinos y amigos de N.U., oraban por el restablecimiento de su salud. De pronto, las luces de una lámpara que iluminaba el living parpadearon y la lámpara cayó al suelo con gran estrépito, sumiendo la casa en la oscuridad.
Por supuesto, nunca hubo la menor explicación para estos fenómenos.
EXTRAÑOS EN LA NOCHE
A finales de diciembre de 1993, cuando N.U. recién había sido trasladada desde su casa del pasaje Bahía a casa de su cuñada, en Quilicura, un grupo de catequistas compañeros de la víctima, decidieron realizar una vigilia. Para ello le comunicaron al esposo de la joven, que esa noche, desde las 21 a las 24 horas, se iban a reunir en una oración permanente en la capilla. Y le pidieron que desde las 00 horas a las seis de la mañana, ellos y sus familiares hicieran vigilia en la casa donde estaba N.U… Así se hizo.
Cerca de las 11 de la noche, cuando unas treinta personas oraban en el templo, en medio del mayor recogimiento, toda la construcción se remeció cuando algo golpeó sobre el techo. A todos los presentes, gente de la Fuerza Aérea, se les imaginó que un avión había caído en la capilla. Por supuesto, huyeron aterrorizados a la calle. Pero el ruido no cesó. Parecía que algún invisible bromista deslizaba con gran alboroto un tambor metálico sobre el techo y el edificio –una sólida construcción de madera- se estremecía entera mientras en su interior las lámparas se apagaban y prendían, todo esto en medio de un estrépito ensordecedor. Tras diez minutos –más o menos- y cuando todo el mundo rezaba e invocaba a Dios, el ruido cesó tan bruscamente como empezara.
Poco después, en Quilicura, familiares, vecinos y amigos de N.U., oraban por el restablecimiento de su salud. De pronto, las luces de una lámpara que iluminaba el living parpadearon y la lámpara cayó al suelo con gran estrépito, sumiendo la casa en la oscuridad.
Por supuesto, nunca hubo la menor explicación para estos fenómenos.
Cerca de las 11 de la noche, cuando unas treinta personas oraban en el templo, en medio del mayor recogimiento, toda la construcción se remeció cuando algo golpeó sobre el techo. A todos los presentes, gente de la Fuerza Aérea, se les imaginó que un avión había caído en la capilla. Por supuesto, huyeron aterrorizados a la calle. Pero el ruido no cesó. Parecía que algún invisible bromista deslizaba con gran alboroto un tambor metálico sobre el techo y el edificio –una sólida construcción de madera- se estremecía entera mientras en su interior las lámparas se apagaban y prendían, todo esto en medio de un estrépito ensordecedor. Tras diez minutos –más o menos- y cuando todo el mundo rezaba e invocaba a Dios, el ruido cesó tan bruscamente como empezara.
Poco después, en Quilicura, familiares, vecinos y amigos de N.U., oraban por el restablecimiento de su salud. De pronto, las luces de una lámpara que iluminaba el living parpadearon y la lámpara cayó al suelo con gran estrépito, sumiendo la casa en la oscuridad.
Por supuesto, nunca hubo la menor explicación para estos fenómenos.
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